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NECESIDAD DE RECONCILIACIÓN
Podríamos preguntarnos, ¿por qué tenemos que reconciliarnos, no podemos vivir cada uno en nuestro mundo y que cada cual se las apañe como pueda? Mi respuesta, en primer lugar, sería que le ha costado muy caro a Dios abrirnos las puertas de “casa” a todos para que nosotros nos permitamos el lujo o más bien la desfachatez de tomárnoslo a la ligera: “Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo…. A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (II Co 5,19a,21). Mi segunda respuesta es una pregunta: ¿habéis probado alguna vez a “estar a mal” con alguien ya fuera la culpa vuestra o del otro/otra? ¿Estabais bien, os sentíais felices? Creo que este “malestar” que sentimos nos recuerda que Dios al crearnos a su imagen puso en nosotros esa necesidad intrínseca de vivir en una relación armónica con nosotros mismos, con los demás, con el resto de la creación, con Dios. Veamos ahora las distintas áreas relaciónales en las que necesitamos reconciliarnos.
 
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Con nosotros mismos. Siempre es mejor empezar por casa. “La primera y al mismo tiempo la más difícil tarea de nuestra “humanización” consiste en reconciliarnos con nosotros mismos. La condición para poder llevar a cabo esta tarea es la confianza cierta de que Dios nos acoge incondicionalmente”.2 Según Anselm Grün, un conocido escritor y terapeuta, monje benedictino alemán, esta reconciliación con nosotros mismos requiere la aceptación total de nuestra historia personal tal y como es, con sus experiencias felices y también con las dolorosas, sin la falsa pretensión de que éstas no han sucedido nunca. Es necesario dejar de acusar a quienes nos han herido y tomar la responsabilidad de la propia vida. Parte importante de la reconciliación con la propia historia es la aceptación del propio cuerpo así como es en este momento de nuestra vida. Grün dice comentando un pensamiento de santa Ildegarda de Bingen que el alma debería alegrarse de habitar en nuestro cuerpo, más que parece que muchos cristianos se avergüenzan del propio cuerpo. Hace falta un amor humilde hacia nuestro cuerpo para que el alma se sienta a gusto en él. San Pablo nos recuerda: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros…. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (I Co 6,19-20). Otro aspecto de la reconciliación con nosotros mismos exige la pacificación con nuestra “sombra” como Karl G. Jung define los aspectos oscuros de la psique humana. Reconciliarse con la propia culpa es aún más difícil. Dios nos perdona, y por eso podemos perdonarnos, debemos dejar que el perdón de Dios llegue a lo más profundo de nuestro sentimiento de culpa y lo anule. Pero, a veces dejamos que el despiadado juez que está en nuestro interior, el “super ego” nos impida escuchar la voz de Dios. Reconciliación significa también destronar este juez y creer firmemente en la misericordia de Dios.
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Con los demás. Reconocer la existencia de un conflicto y desear resolverlo marca el inicio del proceso de reconciliación con los demás. El hecho de que somos diferentes, y no sólo en un aspecto sino en muchos, hace inevitable que surjan conflictos en nuestras relaciones interpersonales. A veces los conflictos pueden llegar a ser ofensivos, agresiones contra la propia integridad física, moral o espiritual y entonces la reconciliación resulta aún más difícil. Cuando esto sucede, lo normal es sentirse victima y con toda la razón. Si he sido víctima de una agresión y como cristiana deseo reconciliarme con quien me ha ofendido necesito “decidir” dejar a un lado mi victimismo. “La decisión de perdonar es una elección deliberada de dejar de definirse como “víctima”. Querer mantenernos en la situación de víctimas suprime la capacidad de perdonar … una cierta ego-satisfacción se alimenta del hecho de verse a si mismos como víctima, de tener una cierta sensación de importancia por el hecho de haber sufrido un agravio. Es necesario renunciar a esto de forma radical. Jesús nunca aceptó la identidad de víctima. Su identidad no dependía de cómo los otros lo trataban sino de cómo el Padre lo trataba.”3 A veces esto puede suponer una decisión heroica y con las solas fuerzas humanas sería imposible hacerlo, pero tenemos la fuerza de Jesús y de tantos hermanos y hermanas que, tras las huellas de Jesús, son capaces de perdonar y reconciliarse con quien los ha herido. Pablo sabía bien que vivir al estilo de Jesús no es cosa fácil pero no baja el listón, al contrario nos desafía hoy como lo hizo con los Corintios cuando recurrían a los jueces paganos para solucionar sus pleitos: “Para vergüenza vuestra os lo digo … ya es triste cosa para vosotros andar pleiteando unos contra otros. ¿No sería preferible soportar las injusticias y permitir ser despojados?” (I Co 6, 5a, 7). ¡Tremendas estas palabras del Apóstol! Hoy día suenan casi absurdas, ¿A quien se le va a ocurrir callarse ante una injusticia, o dejar que alguien le quite lo que considera suyo? Jesús “se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo … se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,7-8). El amor profundo que Pablo siente hacia sus hijos en la fe y su propia experiencia como hombre le ayudan a mostrar su comprensión para con los que caen victimas de la ira por una ofensa recibida: “Si os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo no dure más allá de la puesta del sol” (Ef 4,26).
Perdonar y reconciliarse con los demás no es sólo dificultad y renuncia. La persona que ha sabido perdonar crece en su humanidad. Las heridas sufridas y curadas con el perdón se convierten en “perlas preciosas” primero, “porque allí donde me han herido se han derrumbado mis máscaras y he podido ponerme en contacto con mi verdadero yo y segundo, porque las heridas hacen que me sienta vivo, mantienen viva en mí la nostalgia de Dios y me abren a las personas heridas como yo. Habiendo sido herido puedo comprender mejor a quien se siente herido. Si mis heridas se han transformado en perlas, no siento rencor hacia quien me ha herido. Entonces el perdón no es solamente algo pasivo, sino que me ayuda a descubrir en mí energías que no conocía y me da confianza para imprimir en este mundo la huella inconfundible y personal de mi vida”.
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Con Dios. La reconciliación con Dios está a la base y al mismo tiempo es el culmen de todo proceso de reconciliación. Si falta la reconciliación con Dios, los otros aspectos de ésta son frágiles y se desmoronan apenas surge una nueva dificultad. San Pablo lo sabía bien y por eso suplica a los Corintios “En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios” (II Co 5,20b) Notamos que Pablo no dice “reconciliaos con Dios” mas “dejaos reconciliar con Dios” y es que la reconciliación con Dios es iniciativa suya que requiere de nosotros, simplemente, el deseo de recibirla, el resto lo hace Él. Veamos por un momento la parábola del Hijo pródigo de Lucas: el joven recapacita, se mira hacia dentro, se ve en una condición miserable e incapaz de salir de ella y decide “volver”. No quiere hacerse ilusiones por eso decide conformarse con ser tratado como un siervo si es que el padre lo acepta como tal. Podemos imaginarnos su sorpresa cuando ve venir al padre corriendo hacia él, lo abraza, lo besa y ni siquiera lo deja echar el discurso que había preparado, le hace entrar en casa y organiza la fiesta. ¡Este es el Padre, el Padre de Jesús y nuestro! El mensaje que nos transmite este amor misericordioso de Dios es que podemos presentarnos ante Él así como somos, que podemos revelarle todo lo que hay dentro de nosotros y que quizá nos avergüenza y saber que no nos va rechazar por ello, al contrario, son precisamente nuestras heridas, nuestro pecado reconocido, lo que despierta en Él esa inmensa compasión que a nosotros sorprende pero que es la manera característica de ser de Dios.
 
Anselm Grün en el artículo ya citado profundiza en otro aspecto de la reconciliación con Dios; manteniendo que la reconciliación con Dios resta siempre iniciativa suya, dice que también nosotros debemos reconciliarnos con Dios. “Con frecuencia existe dentro de mí una rebelión contra Él. No le puedo perdonar que me haya creado así como soy; no le puedo perdonar que me haya destinado el género de vida que estoy viviendo, que no me haya preservado de los errores y las culpas que he cometido. Y así, yo también debo perdonar a Dios que me ha puesto en la difícil situación que me toca enfrentar. En definitiva, la reconciliación con Dios requiere que me libere de las falsas imágenes de Dios y de mi mismo, para entregarme con confianza total al misterio inalcanzable de Dios. Solo así podré experimentar la verdadera paz y la reconciliación con Él”.5
La verdadera experiencia de reconciliación con Dios trae siempre consigo una experiencia de paz no sólo con Él sino con los demás y con todo lo creado. No obstante, esta experiencia de sentirse reconciliados con Dios, no se consigue de una vez por todas. Dada nuestra condición de pecado, nos alejamos de Él una y otra vez y por eso necesitamos estar a la escucha constante de su Palabra que, a través de Pablo, nos recuerda que el amor de Dios supera todos nuestros conflictos y tiene poder para reconducirnos a Él, “Porque no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos” (Rom 5,15).
En las epístolas a los Efesios y a los Colosenses es donde mayormente podemos apreciar la profundidad del mensaje de reconciliación en Pablo. En estas dos cartas el Apóstol expone la sublimidad de la obra reconciliadora del Padre en Cristo. “Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto del cielo como de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz” (Col 1,19-20). Cristo, asumiendo totalmente nuestra condición humana, nos ha hecho partícipes de su misma vida y aunque nos parezca imposible, si nos paramos a pensarlo, podemos vivir de otra manera, podemos vivir la vida de Cristo porque Él es nuestra paz. Podemos decir con Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19). Es esta fe viva, esta confianza total, la que infunde en nosotros la esperanza “una esperanza que no engaña, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,5) dándonos la garantía de que la reconciliación con nosotros mismos, con los demás, con la creación, con Dios es posible porque Cristo, el único reconciliador, la ha hecho posible y nos la ofrece. “Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado…. Porque si siendo enemigos, Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvará para hacernos partícipes de su vida” (Rom 5,6,10).

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